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Retazos

Recientemente di por finalizado un libro, titulado TODO, en el que intento entender cómo se ha planteado el hombre a lo largo de la historia del pensamiento el enigma del absoluto y cómo encaja la esencia humana en el infinito. Interesa especialmente, como es lógico, esta misma idea valorada desde el presente, un presente en el que el saber se ha hinchado tanto que ha desbordado por completo la capacidad de nuestro pensamiento para replantear con claridad cómo es nuestra relación con el TODO. Lo desconocido sigue desafiando, como siempre, nuestra limitación y sigue difuminando la clarividencia de nuestro sentido último.



1.2.1 Perspectivas de la sustancia a lo largo de la historia. Página 24

Y por último encontramos a ese grupo de filósofos que consideran que el pensamiento debe aspirar a un conocimiento absoluto del todo, en el que las partes deben estar subordinadas a ese todo; nada queda fuera del alcance de la consideración del filósofo, arrogancia que ha hecho de esta forma de pensamiento un competidor directo de las religiones. Estos pensadores tienden a la búsqueda de una explicación integral. Aristóteles, Hegel, Spinoza o Parménides, entre otros muchos, cada uno de ellos con sus singularidades, presuponen que no hay nada fuera de la consideración del filósofo.     

En esta visión global del pensamiento, que se ha ido revelando a lo largo de la historia con predominancia de algunos estilos concretos  según las épocas, hemos de tener ineludiblemente en consideración las aportaciones de la ciencia, y mucho más en los últimos tiempos. Porque la ciencia, como pensamiento que es y consciente de las limitaciones que marca la contrastación experimental, también pretende rascar hasta donde puede en lo desconocido para dar su versión de la realidad. De manera novedosa e incipiente ya existen ramas científicas que poco a poco están desmantelando lo que sería la contrastación empírica clásica de los hechos para adentrarse en terrenos claramente especulativos y, por consiguiente, muy cercanos a lo que hasta ahora hemos entendido por filosofía.



La sustancia es todo; no hay nada fuera de ella. La sustancia es todo aquello en lo que los humanos reparamos y también lo que está escondido a la percepción. Es en parte accesible a nuestro entendimiento y en parte no. En cierto modo sería algo parecido a lo que algunos hombres creen que es dios; otros la definirían como lo absoluto, lo infinito, lo eterno, lo ilimitado… Es aquello que es más de lo que el hombre es capaz de imaginar; es el ingrediente único presente en todo, es el todo. Es, vista desde nuestra finita y parca perspectiva, el objeto último del afán del pensamiento de la especie humana. (pàg. 1)


1.1 La nada o el todo (pág. 15)

Pero la nada, como vamos indicando repetidamente, está intrínsecamente vinculada al concepto de todo y ambos son incontestablemente incompatibles. Este matiz de ligazón antitética entre estas dos ideas nos obliga a elegir entre una de las dos. Y, en caso de ser la fe la que nos tuviera que guiar en la elección, como propone Kant, lo más lógico sería renunciar a la nada.

La nada no deja de ser una idea concebida de una manera forzada por nuestra razón. ¿Por qué necesitamos de una invención tan inverosímil? ¿Creemos realmente que nos puede ayudar a explicar aquello que hay más allá del límite que nos separa de lo desconocido o, por el contrario, añade más confusión? Probablemente el origen de la idea de la nada esté en la dificultad que supone afrontar la comprensión de una sustancia ilimitada. La perplejidad de pensar en algo que no tiene fin y que ni remotamente somos capaces de explicarnos, con la excepción de lo más colindante, nos puede fácilmente tentar a pensar que todo aquello que se nos escapa tiene tintes de nada. Esta senda nos conduciría ilusoriamente a una dilucidación honorable de lo próximo a nosotros y, al mismo tiempo, a encerrar en la nada todo lo que no comprendemos, alejándonos así de una explicación global de la totalidad.   

Es cierto que tampoco somos capaces de penetrar profundamente en los misterios de la sustancia que anidan más allá de las irregularidades, aunque sabemos que, si lo intentamos, tenemos campo por delante para explorar. Esto no ocurre con la nada, que nos desconcierta desde un inicio y frena de raíz el intento racional de abordarla. Es más asequible y cómodo para nuestra razón admitir que todo sigue más allá de lo perceptible antes que sacar de la chistera un concepto como la nada, que colisiona frontalmente con los esquemas de nuestra manera de pensar tan habituada a moverse entre cosas perceptibles. Es mucho más fácil para nosotros imaginarnos algo, sea lo que sea; pensar en la nada es horriblemente desesperante. Determinamos, pues, que la nada no existe; lo único que acontece es un todo absoluto que habita en todos los rincones, los que están a nuestro alcance intelectual y los que no.


1.2 Atributos de la sustancia (pág. 20)

Evidenciada esa objetiva e irrefutable entidad de la sustancia, a pesar de la aparente distracción a la que nos puede arrastrar nuestro intelecto impulsándonos hacia el conocimiento de lo más próximo, no nos queda otra opción que considerarla como un todo. Por supuesto esta actitud supone un enorme esfuerzo intelectual para nosotros los hombres y nuestra connatural limitación. El desafío es ingente: ¿qué es la sustancia o, lo que sería lo mismo, el ser?, ¿cuáles son sus componentes esenciales?, ¿cómo es y qué la define?, ¿opera de alguna manera?, ¿cómo interfiere en nuestra existencia? En estas cuestiones están implícitos indudablemente los grandes estímulos del pensamiento que han estado presentes a lo largo de toda la historia de la humanidad.

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