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Música

El atractivo último de una manifestación musical, por simple que sea, radica en algo misterioso e inexplicable que nos conecta con el absoluto infinito. Nos servimos del puente de la música para vincular nuestra esencia más profunda con la esencia del TODO; la infinidad de melodías posibles tocan intangiblemente la infinitud del misterio del todo haciéndonos sentir parte de él.



Pau Casals El cant dels ocells

Más allá del virtuosismo en el manejo del violoncelo o de la interpretación de la melodía, acompañada  por un delicadísimo piano e incluso por el rumor de la voz que de vez en cuando se le escapa, percibimos una pieza musical hecha con el corazón, profunda y eterna. Lo más importante, como el mismo Casals decía en ocasiones, no está en las notas, está en el sentir al que éstas nos transportan. Basta con cerrar los ojos, subirnos a la melodía deliciosamente interpretada y ver aparecer ante nosotros sentimientos mezclados de nostalgia, dolor, vida, recuerdo, melancolía… La racionalidad tensa del cerebro, casi siempre presente en nuestra existencia habitual, se afloja y entramos inconscientemente en un ámbito en el que nos parece percibir algo que está más allá de lo real y tangible con lo que estamos familiarizados; llegamos a tocar un horizonte maleable y desconocido que nos revuelve el interior hasta inducirnos a imaginar que estamos sintiendo con el alma.

La cadencia lentísima del ritmo, presente en cualquier manifestación musical y que en este caso casi pasa desapercibido, contribuye de manera sustancial a imprimir un aire sosegada y seductoramente mágico que arrastra nuestra consciencia hacia las profundidades de lo inconsciente. Y allí, lejos del ámbito de lo perceptible, escuchamos cómo el violonchelo nos habla del infinito y nos recuerda que, en último término, nosotros mismos formamos parte de él.           


Sonny Boy Williamson Keep it to yourself

Desde el primer momento, de un estado neutro emerge un ritmo con cadencia suave y seductora que nos introduce en otra dimensión, una dimensión con aromas de sur norteamericano de raíces africanas. A pesar de que el contenido de la letra habla de un amor trasgresor, la atmósfera de este blues profundo sobrepasa el argumento y nos traslada directamente a las plantaciones de algodón, evocándonos al mismo tiempo el dolor  y el placer de vivir que aquellas personas sentían en medio de unas severísimas condiciones de vida.  

Esta pieza musical es una joya de “el sentir”. La interpretación de Sonny Boy Williamson, persona con hondas raíces en aquel ambiente sureño, nos explica con absoluta naturalidad qué y cómo siente su interior más profundo y, mientras lo hace, despierta en nosotros el interés de una vivencia semejante, personal e intransferible, apoyándonos en los detalles que vemos y oímos. Y lo hace desplegando multitud de sutiles recursos de su voz y especialmente de su armónica, que parecen bailar en ese ritmo cálido que todo lo cubre. Es como si el canto, unido a la expresión de ese sencillo instrumento, elevaran la canción a un estrato superior, universal, que sin duda trasciende lo concreto para adentrarse en los espacios de lo que no conocemos con la razón, aunque sí con el sentir.


J M Serrat Aquellas pequeñas cosas

Sobre el trasfondo de un ritmo lentísimo germina un clima melancólico que semeja un arrullo de la nostalgia. La aparición de una voz, acariciada por instrumentos de cuerda y que acaricia a su vez melódicamente unas frases que miran hacia el pasado, completa la síntesis entre la música y la poesía. Música y palabras, fundidas, nos trasladan a otra dimensión, como si levitáramos sobre lo cotidiano.

En esta atmósfera se activa nuestro mecanismo interior de vivencia del tiempo e, inevitablemente, miramos hacia nuestro propio pasado, hacia todo aquello grato o triste que ya no es y que nunca volverá a ser como fue. Y, en los últimos compases, con lágrimas en los ojos, sentimos cómo el pasado nos deposita en la corriente temporal del presente para seguir hacia un futuro incierto, como una mota de polvo arrastrada por el viento cósmico.


AC/DC. Thunderstruck

Desde el principio una cadencia rítmica constante y dinámica nos introduce en un territorio que parece desligarse de todo lo que constituye nuestro hábitat habitual. Progresivamente, a medida que van apareciendo voces e instrumentos que se van sumando al ritmo inicial, parece ir aumentando el suspense. Pronto nos encontramos inmersos en un estado interior muy particular en el que nos estremece una agitación intensa pero ordenada. El ambiente –un escenario sitiado por unos pocos cientos de personas que comulgan un estado común- intensifica la vivencia de ese algo indefinido al que misteriosamente nos transporta esa música. Y, en un momento determinado, hacia la mitad de canción, la energía parece estallar plenamente desatándose la expresión intensa de las fantasías de la guitarra y los apoyos vocales, ligados todos ellos por ese compás insistente e impulsivo que todo lo llena. Al final el ritmo se deshilacha y nos devuelve al estado inicial con el sabor de haber tocado algo indefinido e indescifrable, pero real.

¿Qué hemos tocado?, ¿qué hemos vivido? Probablemente cada persona algo propio, pero impreciso y misterioso como ocurre con cualquier tipo de música. En este caso quizás hemos experimentado algo de lo que es nuestro interior más convulso y excitado. En ocasiones la tensión y las ganas de explotar necesitan aflorar porque no todo lo que ocurre dentro de nosotros es placentero y suave; ansiamos dar vía libre al alboroto que habita en nuestro interior, a reparar en él, a vivirlo… ¡Nada mejor que un trozo de música tormentosa y congruente que nos ayude a sentirlo y a expresarlo!            


Frederic Chopin. Tristesse. Etudes, Op.10, No.3

Con veintidós años y la perspectiva de no volver a su patria, Chopin compone en París esta pieza melancólica a la que algunos han considerado un auténtico poema sinfónico. La melodía ocupa un lugar preeminente, arrinconando a un ritmo existente pero discreto, como si quisiera describirnos esa tristeza que le embarga. Lo que esta pieza expresa –sea tristeza, soledad, convulsión interior, nostalgia…- es universal y ha trascendido el tiempo llegando incólume hasta nuestro presente.

Chopin arranca trasladándonos a su interior con una suavidad, delicadeza y belleza extremas, con unas melodías que parecen emanar de la esencia herida de una persona. Poco a poco el piano se va avivando y nos sitúa en las cataratas de su desesperación interna, del sentimiento trágico que adivinamos en la esencia de su ser. El resto es una especie de viaje de regreso lento repitiendo la melodía inicial. Poco a poco todo se va diluyendo hasta que, después de las delicadas notas finales, parece que nos despeguemos del piano y volvamos a una realidad –cada uno a la nuestra- que en ocasiones puede ser desapacible, pero que no nos queda más remedio que aceptar y vivir.  


Playing for change. Stand by me.

Un ritmo seductor se esparce desde el inicio hasta el final de la canción, como si acompañara a una marcha de pasos acompasados, impregnándonos de un latido que parece emanar de un profundo y misterioso infinito. La melodía, ilustrada por una pluralidad de voces e instrumentos, hace que el ritmo nos hable y nos transmita un sentir que nos conecta con lo absoluto. La letra, que nos invita a la búsqueda de la cercanía con otras personas, se incorpora a este juego musical para realzarlo, como si incluyera en ese escenario algunos de nuestros pensamientos y deseos.

¿Cómo debía sonar la música de nuestros ancestros hace unos cuantos miles de años? Probablemente de manera no muy diferente en esencia a esta muestra: con un ritmo, una melodía y casi siempre compartida con otros, tanto en la producción como en la escucha activa. El porqué de producir una obra así, en apariencia carente de utilidad inmediata, ha sido siempre un enigma, y lo sigue siendo. Tal vez no existe un motivo preciso y cristalino; o tal vez, simplemente, el deseo irracional de encontrar y sentir nuestra relación con lo desconocido es el imán que nos conecta con la música.

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